El ulular del viento se cernía sobre
mí,
cómo si no tuviera a quién más
aferrarse en el mundo,
y a lo lejos, en el horizonte,
veía una luz, blanca, infinita,
preciosa en su omnipotencia,
por lo que me olvidé del viento cruel
y pensé en la luz,
me ví reflejado en la mar, estaba
envuelto en llamas,
con una precisión y perfección que me
hacía sentir fuerte,
y el ulular del viento se cernía sobre
mí
como si no tuviera a quién más
aferrarse en el mundo.
El ojo avizor del sol me vigilaba
impasible,
y supuse que era el autor de mi estado
llameante,
el sol, que me acompaña las noches de
tormenta,
cuando todo es magia, todo es poesía.
Y cuando parecía alcanzar todo la
perfección más absoluta,
cuando me creía omnipotente, como la
luz,
como el fuego, como el sol, como el
viento,
cuando me creía un dios, capaz de
luchar contra la propia Muerte,
desperté en una habitación húmeda,
como si nada huebiera pasado,
como si Morfeo me hubiera visitado,
como hacía cada ocaso crepuscular.

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