Ese
caluroso día se tiñó de sangre roja como carmín
como
nunca en la villa se podía imaginar.
La
pasión que me recorre las venas
es
tan limpia como al agua clara
Pero
la imposibilidad me nubla la vista,
cada
vez que te veo en la iglesia.
Y
estas a lo alto, como al lado de dios
y
más tarde en cabina donde escuchas pesares;
purgando
pecados de viejas feligresas,
que
en el alma les arde la confesión,
por
mísera que sea su tribulación.
Y
desde que limpio tus sábanas,
y
tiendo tu reluciente hábito,
hábito
que es mi condena al saberme
presa
de un amor ya entregado a dios.
Y
sé, porque lo veo en tus ojos sabios,
que
tú también ardes de unión carnal.
Pero
mi carne pertenecerá mañana a otro,
cuando
con tu bendición,
nos
cases en tu morada,
el
templo que acoge a todos
como
te gusta llamarlo en soliloquios.
Y
no escogí al que me desposará mañana
no
seré testigo de unas nupcias falsas
solo
por complacer al que me da de comer.
Huyuamos
por siempre,
donde
tu hábito y mis obligaciones
solo
sean niebla que con viento, se esfuman...
